Publicado originalmente en Los Tiempos

Me adelanto en escribir este artículo (me tocaba hacerlo mañana), un día antes del anunciado “paro-movilizado” cívico. Y es que aún no sé (como probablemente la mayoría de las personas que trabajan en espacios formales) si el lugar donde trabajo lo acatará, o no.  Esta situación de incertidumbre se ha vuelto cada vez más común en nuestro país, cosa que enfurece a algunos, gusta a otros (al menos no somos aburridos) o desconcierta a la mayoría. Planificar una actividad –sobre todo abierta al público- se ha tornado en una tarea cada vez más ardua, cuyo posible desenlace hay que tomar filosóficamente [aunque, obviamente, contrapartes en el extranjero no siempre entiendan nuestras – a su parecer- irresponsabilidades].  Pero no quiero hablar aquí de la incertidumbre que marca nuestros aconteceres cotidianos ni de los motivos del paro (dejo a otros columnistas la tarea). Sino quiero lanzar ciertas ideas acerca del tipo de sociedad que estamos construyendo a través de los diversos “paros-movilizados”.

Una revisión hemerográfica permite ver que, desde la década de los noventa y mucho más desde el nuevo milenio, la violencia inter-ciudadana (entendiendo la misma como todas las acciones que agreden física o emocionalmente ya sea al otro ciudadano o al medio ambiente, en pos de la consecución de algún derecho ciudadano) se ha disparado; las marchas y bloqueos, es decir los “paros-movilizados” acompañados de los chicotazos, las pinchadas de llantas, los insultos y hasta las agresiones físicas, se han vuelto un común denominador de la forma en que buscamos respuestas a las demandas. Pareciera que, ante la sordera de los representantes públicos, los(as) ciudadanos(os) (estudiantes, padres de familia, transportistas, comerciantes, obreros y empleados), no han podido encontrar otra forma de expresión. Lastimosamente, está quedando también cada vez más claro, que, por un lado, al haber normalizado la estrategia la han hecho menos susceptible a ser considerada (al menos que se vuelva más violenta como es la tendencia actual). Es decir, ya no es eficiente o, en el peor de los casos, el sistema –aquellos contra los que protestamos- se aprovechan  y apropian del evento –y de la demanda. Así lo hemos visto, por dar un ejemplo, con las marchas de protesta contra la violencia de género que en muchos casos fueron escenario para que representantes políticos públicos aparezcan encabezando las reivindicaciones.

Por otro lado, la normalización de esta forma –conflictiva- de ejercer ciudadanía, está repercutiendo en nuestras relaciones cotidianas: si vemos que es normal, pisotear, descalificar, entorpecer al otro para conseguir demandas, por qué no reproducir esta táctica a niveles de entornos cercanos, llámese barrio, entidad de trabajo, pandilla o familia. Y así vamos construyendo una sociedad dónde las actitudes y formas de encarar nuestras relaciones con el entorno, son cada vez más violentadoras de los derechos de los otros. ¿Por qué, entonces, nos llaman la atención las tasas de violencia intrafamiliar y de género y de inseguridad ciudadana en general tan altas? Parafraseando a Sartre: el infierno se ha vuelto, definitivamente cada vez más, el otro.

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