RESUMEN

La salud alimentaria constituye un área prioritaria a nivel de política pública en nuestro país. Existen diversos programas a nivel nacional, provincial y local que abordan la temática de salud alimentaria desde la visión sanitaria como de producción y consumo de alimentos. Según las estadísticas nacionales -y acorde a las metas internacionales propuestas por la OMS-, la alimentación de la población argentina no alcanza el nivel adecuado de consumo de frutas y verduras, provocando malnutrición y repercutiendo en enfermedades y déficits de crecimiento y desarrollo. Considerando que la conducta alimentaria se incorpora en los primeros años de vida, y que las embarazadas y los/las niños/niñas preponderantemente necesitan incorporar nutrientes, se constituyen en un grupo particular de atención. Por ello resulta de interés evaluar los programas y las prácticas alimentarias respecto al consumo de frutas y verduras en niños/niñas y mujeres embarazadas de zonas rurales de las provincias de Misiones, Formosa, Salta y Río Negro. La metodología propuesta se basa en comparar las diversas intervenciones comunitarias destinadas a aumentar el consumo de frutas y verduras, analizando los efectos que éstas tienen en las prácticas alimentarias y en las acciones saludables de los grupos seleccionados en cada territorio.

Palabras clave

Salud alimentaria, Procesos psicosociales, Psicología rural, Intervención comunitaria

ABSTRACT

COMMUNITY-BASED INTERVENTIONS INTENDED FOR THE CONSUMPTION OF FRUIT AND VEGETABLES IN RURAL AREAS. COMPARATIVE STUDY OF ACTIONS AND HEALTHY FEEDING PRACTICES

Food safety constitutes a priority area at the public policy level in Argentina. There are various government programmes, fuctioning at national, provincial and local levels that address the issues of food safety from both the health and food production and consumption. According to national statistics and international goals proposed by the OMS, feeding the argentine population lived below appropiate level of intake of fruits and vegetables, causing malnutrition and affecting in diseases for growth and development. Healthy the eating habits must be incorporated in the first years of life, beacuse pregnant women and children required incorporate all the nutrients, they need particular attention. It is therefore essential to evaluated the programmes and food safety practices in respect of the consumption of fruits and vegetables in children and pregnant women from rural areas of the provinces of Misiones, Formosa, Salta and Río Negro. The proposed methodology is based on comparing the various community-based interventions designed for increase the consumption of fruit and vegetables, analysing the impact of feeding practices, and the healthy actions of the selected groups in each territory.

Key words

Health food, Psychosocial processes, Rural psychology, Community intervention

INTRODUCCION

El presente artículo se enmarca en una investigación que consistió en realizar un estudio comparativo sobre prácticas alimenticias, acciones saludables e intervenciones comunitarias destinadas al consumo de frutas y verduras en ámbitos rurales de cuatro provincias Argentinas: Formosa, Salta, Río Negro y Misiones. Esta propuesta buscó ampliar y profundizar, en las provincias antes mencionadas, la experiencia de trabajos respecto a la salud materno-infantil y salud sexual y reproductiva en los ámbitos rurales, en base a estudios multicéntricos financiados por la Comisión Nacional Salud Investiga en las convocatorias 2012, 2013 y 2014. En estos estudios previos se destacaba la importancia del trabajo en redes interpersonales y del rol de los agentes sanitarios con las mujeres -embarazadas y madres de niños y niñas- de zonas rurales, a fin de promover los aspectos saludables y prevenir la morbi-mortalidad materno-infantil (Landini et al., 2013).

Considerando que la salud está estrechamente vinculada con la alimentación, este proyecto se enfocó en las políticas estatales vinculadas con la salud alimentaria, contemplando las prácticas que determinados grupos mantienen en su vida cotidiana. Específicamente, se abordaron las prácticas alimenticias en diferentes comunidades rurales de Argentina, resultando de interés relevar acciones saludables e intervenciones comunitarias destinadas al aumento del consumo de frutas y verduras.

En Argentina la salud alimentaria constituye un área prioritaria a nivel de política pública. Existen diversos programas a nivel nacional, provincial y local destinados al abordaje de dicha temática. Por ejemplo, el “Plan Sumar” incluye pautas de alimentación y lactancia materna en el caso de embarazadas y niños de hasta 6 años, e indica la atención en anemia, obesidad y sobrepeso para niños de 6 a 9 años, destacando que sus padres conozcan los principios básicos de la salud y la nutrición, y las ventajas de la lactancia materna. Otros programas específicos en salud alimentaria, desde el enfoque sanitario, son: el “Plan Nacional de Seguridad alimentaria”; el “Programa Nacional de Nutrición y Alimentación” (Ley 25.724); y el “Programa Nacional de Educación Alimentaria Nutricional”. Según el último Informe sobre la salud en el mundo, en relación específica a la salud alimentaria (OMS, 2002), y los informes posteriores a éste (Convención de Roma, 2014), la ingesta insuficiente de frutas y verduras es uno de los diez factores principales de riesgo de mortalidad a escala mundial. Sin embargo, siguiendo los datos de la segunda Encuesta Nacional de Factores de Riesgo (ENFR, 2011) se pudo conocer que el consumo diario de frutas y verduras en Argentina es muy bajo en relación a lo recomendado por la OMS, siendo que sólo el 35,7% de la población consume diariamente frutas y el 37,6% consume verduras.

Al hablar de salud alimentaria se encaran varios desafíos tanto en los sectores urbanos como rurales. Sin embargo, la ruralidad ofrece un desafío mayor considerando las tasas de incidencia de mortalidad materna en ámbitos rurales (ONU, 2010), ya que la salud materno-infantil está asociada a mayores niveles de pobreza (Buchbinder, 2008; Houweling, Ronsmans, Campbell y Kunst, 2007) y a los países en desarrollo (Ramírez Gallardo y Huerto Acedo, 2008). En Argentina, según el CENSO de 2001, la población rural con Necesidades Básicas Insatisfechas (NBI) duplica el porcentaje de la población urbana en esas condiciones (27,38% frente a 12,93% respectivamente). A su vez, la relación entre el sistema de salud y los ámbitos rurales se ve afectada por la distancia y las dificultades de transporte a los centros de salud (Grzybowski, Stoll y Kornelsen, 2011; Kesterton Cleland, Sloggett y Ronsmans, 2010; Matthews, Channon, Neal, Osrin, Madise y Stones, 2010). Siguiendo este planteo, la malnutrición es un fenómeno que se hace presente en las poblaciones con NBI, afectando la salud y el bienestar, y aparejando consecuencias sociales y económicas negativas para las comunidades y el Estado. De acuerdo a la Declaración de Roma sobre la Nutrición (2014), la malnutrición se sustenta en los siguientes factores: la pobreza, el subdesarrollo y un nivel socioeconómico bajo; la falta de acceso a alimentos suficientes en cantidad y calidad adecuada; prácticas deficientes de alimentos y cuidado, relacionado con la higiene de los lactantes y niños pequeños; la falta de acceso a salud, sistemas sanitarios, agua potable e infecciones transmitidas por los alimentos. Asimismo, la malnutrición se articula con el territorio, el contexto y la realidad socioeconómica y cultural, por lo que la educación alimentaria tiene que ver con pautas culturales, necesidades individuales y la disponibilidad de recursos en cada lugar, sean factores ambientales y/o productivos (Durana et al, 2009). En base a lo anterior, el objetivo general de esta investigación fue la de evaluar los programas y prácticas alimenticias respecto al consumo de frutas y verduras (CFV) en niños/niñas y mujeres embarazadas (N y ME) en zonas rurales de cuatro provincias argentinas (Misiones, Formosa, Salta y Río Negro). Los objetivos específicos consistieron en la indagación de las prácticas alimentarias y sus cambios en N y ME; el análisis de las representaciones, saberes y lógicas en torno a la alimentación saludable y el consumo de frutas y verduras; el relevamiento de las políticas públicas y programas en relación al consumo de frutas y verduras y la evaluación de su impacto en los casos de estudio.

Desde el diseño metodológico, se realizó un estudio comparativo de casos múltiples (cuatro en total) en el marco de una investigación cuali-cuantitativa (Conde, 1990) de carácter exploratorio descriptivo de tipo transversal cuyas técnicas son las entrevistas en profundidad y la observación. El relevamiento de datos se realizó en los siguientes territorios rurales: localidad de San Francisco (Laishí, Formosa), municipio San José (Misiones), municipio San Carlos de Bariloche y Pilcaniyeu (Río Negro) y municipio San José de los Cerrillos (Salta).

A fin de indagar las prácticas alimentarias y los cambios -históricos y sociales- producidos en ellas, además de las representaciones sociales respecto al consumo de frutas y verduras y los saberes locales que guían esas prácticas, se estudiaron las dinámicas territoriales que involucran la acción de distintos actores seleccionados: agentes sanitarios y/o profesionales de la salud; mujeres rurales embarazadas y/o madres de niños/as de 6 (seis) meses a 10 (diez) años; y técnicos extensionistas comunitarios.

DESARROLLO

Se enmarcó conceptualmente la investigación en tres ejes centrales a partir de los cuales se abordaron los resultados obtenidos de los diferentes estudios de casos. Estos ejes permitieron tener una visión más compleja de los actores involucrados, entendiendo que estos tres ejes se encuentran interrelacionados y multideterminados, se tuvieron en cuenta: los aspectos referidos a sus representaciones, saberes y lógicas en torno a la alimentación saludable y el consumo de frutas y verduras; las dinámicas territoriales y cambios de las prácticas alimentarias; y las políticas públicas y programas de salud en relación al consumo de frutas y verduras.

Representaciones, saberes y lógicas en torno a la alimentación saludable y el consumo de frutas y verduras

La salud alimentaria está relacionada con la conducta alimentaria, y se define como el comportamiento normal relacionado con los hábitos de alimentación, la selección de alimentos que se ingieren, las preparaciones culinarias y las cantidades ingeridas de ellos. De esta manera, se conforma un sistema en el que sus elementos están articulados unos a otros: las características de las prácticas alimentarias y sus cambios, los aspectos socioculturales y familiares, y el contexto histórico y social (Osorio et al, 2002; García-Garza, 2010).

En los seres humanos los modos de alimentarse, las preferencias y rechazos hacia determinados alimentos están fuertemente condicionados por el aprendizaje y las experiencias vividas en los primeros 5 años de vida (Osorio et al, 2002). En general, el/la niño/a incorpora la mayoría de los hábitos y prácticas alimentarias de una comunidad antes de esa edad. La madre tiene un rol fundamental en la educación y transmisión de pautas alimentarias a los hijos, por lo que deben centrarse en ella las intervenciones preventivas que permitan enfrentar precozmente las enfermedades relacionadas con prácticas alimentarias alteradas (rechazos alimentarios, obesidad, diabetes, dislipidemias, anorexia nerviosa) (Ibídem).

Las acciones de las personas -y específicamente las prácticas alimenticias y saludables- se sustentan en el modo en el que las personas colectivamente construyen la realidad. Este conocimiento que guía y sustenta las prácticas puede denominarse ‘saber local’. En ámbitos rurales, el conocimiento que campesinos y pueblos originarios tienen en torno a las prácticas productivas que realizan y al medio natural en el que viven, ha sido conceptualizado de múltiples maneras, siendo la denominación ‘saber local’ la más utilizada (Landini, 2010). En especial, las conceptualizaciones surgieron a partir de los estudios sobre los conocimientos campesinos y sus prácticas. Se pueden encontrar tres denominaciones: ‘saberes tradicionales’ enfatizando el origen ancestral y transmitido de generación en generación de este conocimiento (Gómez Espinoza y Gómez González, 2006; Noriego Escalante, 2007); ‘saberes campesinos’ (Nuñez, 2004) en referencia sólo al grupo social determinado, sin incluir a otros como podrían ser los pueblos originarios; y ‘saber local’ (Medina, 1996; Mora, 2008; Uzeda, 2005). Este último, al no centrarse en un grupo determinado ni subrayar su origen tradicional, destaca el hecho de que se trata de saberes construidos localmente y vinculados con ámbitos territoriales específicos.

Landini (2010) retoma estas conceptualizaciones para dar cuenta de cómo los saberes locales surgen, circulan y se consolidan a nivel comunitario, y para analizar la realidad campesina y sus prácticas productivas, articulando estos saberes con aquellos de carácter técnicos o científicos. Puntualiza que las definiciones sobre saber local han cambiado a lo largo del tiempo desde considerarlo como una forma de entendimiento primitiva, irracional o simplemente errada (Uzeda, 2005), hasta reconocerlo como un conocimiento contextualmente apropiado producto de la construcción colectiva. Este tipo de saberes locales se basan en la experimentación, la observación y registro de lo que sucede con la naturaleza. Si bien quienes se centraron en estos estudios, en tanto conocimientos surgidos de la experiencia, lo realizaron en base a los saberes sobre suelos, climas, gestión de los cultivos y otros aspectos de la actividad productiva (Nuñez, 2004; Landini, 2011), aquí, para los fines de este estudio, se retoma la noción de saberes en relación a los conocimientos locales que se tienen sobre la alimentación saludable y el consumo de verduras y frutas, para comprender si éstos se sostienen por la misma lógica que las intervenciones alimentarias propuestas.

Respecto al concepto de ‘racionalidad’ (o ‘lógica’), se define así al conjunto de principios subyacentes y relativamente compartidos por un grupo social que guían la elección de estrategias de subsistencia o de reproducción social en los distintos contextos (Landini, 2011). Este da cuenta de un orden interno que otorga unidad, coherencia y evidencia a las conductas de los sujetos, en base a sus propias perspectivas, acciones y decisiones. En esta línea, los sentidos y conductas que caracterizan a un actor social son racionales en tanto le resultan evidentes a sí mismo y a su propio grupo de pertenencia y no necesariamente al resto de la sociedad. Así, todas las representaciones sociales compartidas serían racionales (Moscovici, 2003) ya que el fundamento de su racionalidad no estaría más que en la experiencia inmediata y socialmente construida de que son coherentes y lógicas. En consecuencia, el concepto de ‘racionalidad’ haría referencia al orden de sentido interno, al conjunto de principios o reglas subyacentes que explican o dan sentido a las prácticas, opciones o decisiones de un actor o grupo social. Las acciones de los miembros de un grupo social pueden ser más o menos estables a lo largo del tiempo en contextos específicos, que se actualizan y presentifican en sus comportamientos dando cuenta de su sentido y sus razones. Este carácter, de mayor o menor estabilidad, tiene que ver con la posibilidad de que se produzcan transformaciones en la comunidad.

Dinámicas territoriales y cambios de las prácticas alimentarias

En el contexto de la Estrategia Mundial sobre Régimen Alimentario, Actividad Física y Salud aprobada en el 2004 por la Asamblea Mundial de la Salud (Estrategia Mundial sobre Régimen Alimentario, Actividad Física y Salud, 2004; Jacoby y Keller, 2006), la alimentación saludable se conforma en un tópico relevante a nivel mundial. Desde la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Organización de la Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), se promueve el consumo de frutas y verduras en América Latina, y a partir de una acción intersectorial por una alimentación saludable se lanzó en el 2003 la iniciativa global para la mayor producción y consumo de frutas y verduras. Esta propuesta tuvo diferentes estrategias nacionales que buscaban alcanzar el consumo de 5 frutas y verduras por día por habitante.

Un estudio desarrollado en Chile indica que tanto la actividad física como el consumo de frutas y verduras, dependen en gran medida de las oportunidades que se ofrezcan para lograr los cambios de conducta. Ello significa contar con la participación de actores de los sectores público y privado, que apoyen el desarrollo de la infraestructura y las condiciones así como con campañas masivas de promoción del consumo de frutas y verduras, para lo que será necesario ampliar y mejorar la oferta de platos preparados en la alimentación institucional (Olivares et al., 2008). El programa «5 al día» orientado a promover el consumo de verduras y frutas en Chile enfatiza que elegir la práctica de un estilo de vida saludable no sólo depende de una decisión personal y de disponer de la información suficiente, sino también de otros importantes factores que compiten con la decisión informada como son el marketing, factores económicos, dinámicas culturales, conveniencia y tiempo disponible (Zacarías et al., 2006). Otros estudios en zonas rurales de México, a partir de los trastornos del comportamiento alimentario, buscan determinar cómo perciben su cuerpo las mujeres rurales y cómo modifican sus prácticas. Al analizar las preferencias alimentarias de las mujeres prevalecieron las razones prácticas, la mera exposición para la adquisición del gusto por la cocina preparada en su hogar, cobrando centralidad los aspectos sentimentales. Además se encontró que las mujeres se sienten emocionalmente ligadas a ciertas prácticas alimentarias de su infancia, generalmente marcadas por la cultura tradicional de su comunidad (Pérez, Vega-García y Romero-Juárez, 2007). Esto indicaría que en ámbitos rurales la alimentación está relacionada en mayor medida con aspectos culturales, tradicionales y afectivos.

La capacidad de producción en gran escala de las economías modernas ha originado presión para introducir valor agregado a los alimentos y ha convertido este mecanismo en un poderoso incentivo para la venta, de modo que los alimentos procesados de alto valor calórico gozan de poderosas maquinarias de producción, procesamiento y comercialización. Hoy es común que los productores de carne y pollo reciban hasta 5 veces más del valor de venta de estos productos que lo que reciben los productores de frutas y verduras por los suyos. Sin embargo, se ha ido gestando un movimiento social de promoción de frutas y verduras, incluyendo a productores y comercializadores de frutas y verduras (Jacoby y Keller, 2006). Y en esta línea la Alianza Internacional de frutas y verduras (International Fruit and Vegetables Alliance, IFAVA) se ha constituido en una red con la incorporación de promotores latinoamericanos, nucleados recientemente en Argentina. No obstante, estas acciones no conforman lineamientos de políticas públicas ni presentan impactos contundentes en grupos vulnerables.

Por su parte, algunos países de América Latina llevaron a cabo intervenciones comunitarias sobre el consumo de frutas y verduras. En Colombia se desarrolló un ensayo comunitario implementándose como estrategia la educación alimentaria a las familias. Se demostró que en los hogares con bajos recursos, puede lograrse un incremento en el consumo de frutas a través de estrategias de tipo educativo. Sin embargo, se vio que el acceso limitado a equipos de transformación y conservación de alimentos es determinante del resultado final (Prada et al., 2007). En Brasil, la contribución del Programa «5 al día» ha posibilitado el desarrollo de acciones como la inclusión de actividades de promoción del consumo de frutas y verduras en los proyectos educativos de instituciones asociadas; la divulgación del tema para profesionales de la salud y comunidad; el desarrollo de pesquisas en las áreas de promoción y consumo de frutas y verduras; y la construcción de convenios estratégicos para la difusión del tema en las escuelas, ambientes de trabajo de redes de comercio minorista y mayorista de alimentos (da Silva Gomes et al, 2006).

Uno de los enfoques destacados en estrategias desarrolladas fue el de la “enseñanza sobre cómo comer bien”, incluyendo desde marcos externos a las comunidades la necesariedad de comer frutas y verduras, pero para lograr una transformación sostenible, es fundamental sumar a la modificación de comportamientos, las modificaciones en el ambiente y los cambios socio-políticos que potencien la oferta y el consumo adecuado de acuerdo a las distintas realidades (Lock et al, 2005). En la Argentina se lleva adelante el Programa ProHuerta, que promueve las prácticas productivas agroecológicas para el autoabastecimiento, la educación alimentaria y la promoción de ferias y mercados alternativos con una mirada inclusiva de las familias productoras. Es una política pública, implementada por el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria del Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca de la Nación y el Ministerio de Desarrollo Social de la Nación a través del Plan Nacional de Seguridad Alimentaria, que permite realizar un abordaje integral de las diferentes realidades que plantea el vasto territorio argentino. Así, se incorporan a los aspectos educativos aquellos vinculados con la producción y el abastecimiento desde la participación activa de las familias para promover la Seguridad Alimentaria, a partir de la disponibilidad, el acceso y consumo de los alimentos.

Políticas públicas y programas de salud en relación al consumo de frutas y verduras

La posibilidad de ciertos sectores poblacionales de poder contar con una salud alimentaria puede estar mediada por los diversos programas del gobierno y en este sentido juegan un rol importante los agentes de salud y/o personal de salud así como los extensionistas rurales comunitarios. Esto está estrechamente relacionado con la accesibilidad de la población a los servicios de salud, siendo una temática considerada de gran importancia en la que pueden surgir diversas barreras o facilitadores (Bernal-Delgado, Peiró y Sotoca, 2006), contando con diferentes dimensiones: geográfica, financiera, administrativa y cultural (Comes y Stolkiner, 2005; Comes et al., 2007; Solitario, Garbus y Stolkiner, 2008). La accesibilidad geográfica puede referirse a la posibilidad de traslado desde la residencia de cada persona al centro de salud, lo que se expresa en la distancia y el tiempo insumido para hacerlo o, de forma contraria, lo que implica el traslado hacia las comunidades, por parte de los extensionistas rurales comunitarios cuyo rol es de mediador entre los planes subsidiarios del gobierno y la población. En la presente propuesta, la accesibilidad económica implica la disponibilidad de dinero para hacer frente al pago del transporte, el acceso al consumo de frutas y verduras variadas o cualquier otro costo asociado. Por su parte, la accesibilidad administrativa se refiere a la organización burocrática de los centros de salud: horarios de atención, procedimientos necesarios para las consultas, trámites y formalidades administrativas para acceder a los diferentes programas alimenticios. Finalmente, la accesibilidad cultural (entendida aquí como ‘psicosocial/cultural’) hace referencia a los conocimientos locales, racionalidades y las representaciones que guían las prácticas alimenticias e influyen como facilitadores o barreras de dicha accesibilidad, en relación a la salud alimentaria.

Existen diversos programas a nivel nacional, provincial y local destinados al abordaje de la salud alimentaria. Por ejemplo, el “Plan Sumar” incluye pautas de alimentación y lactancia materna en el caso de embarazadas y niños de hasta 6 años, e indica la atención en anemia, obesidad y sobrepeso para niños de 6 a 9 años, destacando que sus padres conozcan los principios básicos de la salud y la nutrición, y las ventajas de la lactancia materna. Otros programas específicos en salud alimentaria, desde el enfoque sanitario, son: el “Plan Nacional de Seguridad alimentaria”; el “Programa Nacional de Nutrición y Alimentación” (Ley 25.724); y el “Programa Nacional de Educación Alimentaria Nutricional”. Por su parte, existen algunos programas nacionales ligados a lo productivo con énfasis en el consumo saludable, como el “Programa ProHuerta”, incluido en el Programa Federal de Apoyo al Desarrollo Rural Sustentable. En todos estos planes y programas se busca que las poblaciones puedan acceder a alimentos adecuados en relación a los aportes nutricionales necesarios para el desarrollo, articulados con una adecuada salud de las personas como modo de prevención de diferentes enfermedades y para promover el desarrollo integral de las personas.

A MODO DE CONCLUSIÓN

La psicología aporta a la comprensión de la problemática de la salud alimentaria (en su dimensión de accesibilidad cultural), dando cuenta de las dinámicas que surgen de la articulación entre representaciones, racionalidades y saberes. Se sustenta esta idea desde el construccionismo social, que se enfoca en las interacciones cotidianas de la vida social donde las personas van construyendo el conocimiento y los modos de pensar, actuar y sentir en el mundo (Burr, 1999; Doménech e Ibáñez, 1998; Montero, 2003). Por lo tanto, los contextos en los que se construyen los conocimientos con los que los sujetos se relacionan y actúan en la cotidianeidad son fundamentales para conocer las acciones de las personas. Por ende, las formas en que las personas comprenden el mundo y las categorías y conceptos con los que operan en él, son pensados como históricos y culturalmente específicos, construidos colectivamente en procesos sociales (Burr, 1999; Gergen, 1996; Ibáñez, 1994; Parker y Shotter, 1990; Piper, 2002). Desde esta línea, se propone superar una perspectiva individualista y estática, para enfatizar la capacidad transformadora e interventora del conocimiento, incorporando el saber popular (Robertazzi y Ferrari, 2007; Montero, 2003; Freire, 1970).

La relevancia de este proyecto radica en la recuperación crítica del saber y la discusión colectiva de las experiencias que viven los diferentes actores en ámbitos rurales[ii], contribuyendo de esta manera, a la construcción de hábitos alimentarios saludables y duraderos, pues el adecuado estado nutricional en la población materno-infantil constituye un factor esencial en términos de favorecer el desarrollo de las personas para prevenir condiciones adversas a mediano y largo plazo y, en última instancia, lograr una óptima calidad de vida.

Visto lo anterior, es necesario conocer las racionalidades que sustentan los saberes locales que guían las prácticas de los sujetos en relación a la alimentación saludable y la producción y consumo de frutas y verduras. Esto implica producir conocimientos que permitan por un lado intervenir, y por otro, producir transformaciones, o sea, investigar con un carácter participativo (Irizarry y Serrano-García, 1979), a través de una “investigación-intervención” (Montero, 2006). Desde aquí podría claramente afirmarse que la intervención comunitaria contempla un momento de investigación para conocer y comprender la realidad con la cual se trabajará en la intervención, y a su vez que la investigación tiene como objetivo intervenir en esa comunidad -aún cuando no sea inmediatamente y se planteen lineamientos a futuro (Petit, 2014). Siguiendo esta línea, Denise Jodelet (2007, citando a Dubost, 1987), plantea que el proyecto de intervención tiende a explorar las construcciones elaboradas por los sujetos, destacar las que obstruyen o facilitan las prácticas deseadas para corregirlas o reforzarlas, o revalorizar las que sustentan la identidad y propician un modo de vivir y actuar de acuerdo a sus necesidades. En este sentido, la psicología puede realizar aportes significativos para comprender y transformar esa realidad. En síntesis, las familias y grupos de zonas rurales han construido socialmente determinados saberes sobre lo que consideran nutritivo, saludable -y quizás hasta lo que consideran rico, aceptable o posible de ser ingerido por ellos. Al estar sostenidos por racionalidades más estables, hacen que su modificación no sea inmediata, ni mucho menos, que sea modificable cuando lo que está en juego es su propia manera de mirar las cosas.

NOTAS [i] El presente trabajo de investigación contó con el apoyo del programa de becas “Ramón Carrillo-Arturo Oñativia”, otorgadas por el Ministerio de Salud de la Nación, a través de la Comisión Nacional Salud Investiga. El estudio multicéntrico 2015-2016 se denomina “Estudio comparativo de prácticas alimenticias, acciones saludables e intervenciones comunitarias destinadas al consumo de frutas y verduras en ámbitos rurales de las provincias argentinas de Misiones, Formosa, Salta y Río Negro”, coordinado por la Lic. Lucrecia Petit.

[ii] Respecto de los aportes de la psicología en la temática desarrollada, se presentó el proyecto “Estudios psicosociales en Argentina sobre ruralidad y pueblos originarios. Aportes teóricos y metodológicos para pensar un campo problemático en psicología”, en el marco del Programa de Fomento a la Investigación de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires (PROINPSI), sobre en el cual se abordan las diversas líneas en las cuales se viene trabajando desde la psicología en contextos rurales. BIBLIOGRAFÍA

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