Los hacklabs, hackerspaces, espacios colaborativos, co-works, cooperativos y un largo etcétera son palabras que forman parte de nuestro vocabulario desde hace ya más de una década. Principalmente en los últimos años se han puesto más aún de moda por la incursión de la denominada economía colaborativa. Una economía que más que colaborativa es toda aquella que viene impregnada por el uso (en muchas ocasiones) descontextualizado y acrítico de la tecnología digital.

No por nada la principal tesis que sostiene César Rendueles en Sociofobia ha sido esa supuesta capacidad otorgada a la tecnología digital para solucionar las problemáticas políticas y sociales contemporáneas, potenciando y vitaminando la participación y colaboración de forma nunca antes vista. Esta lógica necesitaba tener sus espacios, sus lugares de encuentro y esparcimiento de esta nueva lógica.

Por un lado tenemos la ética hacker y todo lo que conlleva una política de lo libre, es decir, un modo hacer que construya lo que podríamos denominar ciudadanía ya que nos da derechos pero también responsabilidades sobre la construcción de los espacios que habitamos. Por otro lado ha aparecido, como suele acostumbrar, la economía de lo colaborativo resignificando aquello que se estaba intentando crear desde esa ciudadanía para llevarlo a un turbocapitalismo agresivo donde el más emprendedor es aquel que mejor sabrá usar la tecnología digital para monetarizar el esfuerzo de otros. Obviamente, cuando hablo aquí de esa economía de lo colaborativo me estoy refiriendo a empresas como Uber, Cabify, etc.

Por tanto, estos espacios se han convertido en lugares de resistencia (hacklabs autónomos en espacios okupados o autogestionados) pero también en templos de la competencia (coworks y startups). Y entre medias vemos que existen geniales y sugerentes grietas en la continua transformación y creación del territorio: laboratorios ciudadanos promovidos por organizaciones internacionales, hacklabs feministas como espacios de seguridad y aprendizaje recíproco, makerspaces de creación de prototipos para la solución de problemas en código abierto, y un largo etcétera. Algunos de ellos financiados con dinero público, otros privados, otros por aportes solidarios de personas y otros con economía de trueque. No hay una fórmula pero sí muchos modos.

De todo ello hay muchas preguntas que hoy se han elevado aún con más importancia: ¿necesitamos aclarar una definición de qué es cada cosa para saber qué existe como tal y qué se aprovecha de una idea? ¿es beneficioso una intervención de los poderes públicos en la conformación de estos espacios? ¿cómo y dónde reside la práctica de la Cultura Libre en estos espacios? ¿existen laboratorios y hackerspaces del norte y del sur, del centro y de la periferia?…

Estas y muchas más preguntas nos hacen plantearnos para qué queremos espacios de encuentro y creación, y además, qué características deberían tener para llamarse como tal. Esperamos que el Encuentro Online de Cultura Libre del Sur nos dé algunas respuestas pero sobre todo más preguntas.

 

Créditos: Foto por Nathan Dumlao en Unsplash

1 Comentario
  1. Creo que son preguntas muy necesarias para aclarar no ya solo términos sino también modos. Conceptos como la participación o la colaboración ya son usados desde JPMorgan hasta la última asociación vecinal de cualquier ciudad (y eso que las asociaciones de vecinos practicaban estas cuestiones mucho antes de que ocupara un parte central en la narrativa capitalista contemporánea). La cuestión no es el denunciar el grado de cooptación de estas palabras y prácticas por parte de instituciones que no buscan el bien común sino si la ciudadanía puede seguir llenando de significados estos modos de hacer que sirvan para la emancipación y la democratización radical de nuestras vidas. Que las startups y departamentos de marketing y personal utilizan estas lógicas. Bien por ellos. Ante eso hay que apostar por darle más potencia a las prácticas emancipatorias y comunitarias.

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