En cualquier investigación académica y más, si cabe, en una tesis doctoral, utilizar el plural no es una cuestión de cordialidad, de intentar evitar un “yo” impertinente en el discurso. Ante todo, debería entenderse como una forma de considerar todas esas voces que, con sus preguntas, sugerencias y críticas, también han servido de acicate e inspiración para las ideas que posteriormente se escriben.

Sucedió cuando compartí horas académicas y personales con Walys, por entonces estudiante de doctorado en la Universidad Autónoma de México, que trabajaba el empoderamiento tecnológico en las mujeres de su país. Ella fue la primera que me habló de las cartografías culturales y participativas, así como de la importancia de reconocer y representar a las comunidades que desde el territorio colaboraban por un Internet libre, descentralizado y neutral. Esto último, claro, en el caso concreto de mi investigación doctoral.

Walys fue quien me animó con su conocimiento y sororidad a identificar los grupos de tecnología y cultura libre en el Estado español antes de lanzarme a profundizar en ellos. Ella es una de las personas en las que pienso cuando formulo ese plural no mayestático al hablar del mapa Resistencias digitales.

Hemos tardado más de medio año en conseguir 306 nodos dentro del territorio español adscritos a los valores de la cultura libre. Y en este caso, el plural sirve para reconocer la colaboración desinteresada de quienes completaron el cuestionario más de una vez -por cada uno de los colectivos en los que se encontraban-, quienes lo compartieron en redes, quienes me recomendaron otros grupos o quienes, directamente, los invitaron a participar en la cartografía. Incluyo también a Ushahidi, cuyo equipo me ha cedido gratuitamente un plan de pago para que pueda continuar con el proyecto.

Esta última circunstancia me invita a pensar sobre el futuro del mapa y más específicamente sobre su crecimiento territorial. En un ataque de entusiasmo, he pensado en la posibilidad de extenderlo hacia Latinoamérica. En esta idea hay motivos emocionales -los que nacen de haber vivido en México y en Uruguay-, otros académicos -es innegable el interés de los proyectos y metodologías que surgen en el corazón del territorio transoceánico- y, por supuesto, prácticos -como lo es compartir un idioma-.

 Me pregunto, no obstante, cómo comenzar con este nuevo proyecto sin sentirme desbordada antes del primer paso. No sé si es mejor empezar a explorar proyectos por países o dirigirme a redes de difusión desde donde puedan fomentar la participación en el mapa. Desconozco si el mismo cuestionario será oportuno para la realidad de América Latina, si las preguntas tendrán allí sentido y, antes de nada, si considerarán útil, representativo o, quién sabe, empoderador pertenecer a un mapa llamado Resistencias digitales.

 Dada la voluntad con la que nace -o al menos esa es mi interpretación- Investigaciónsocial.net, las redes que se generan dentro de la plataforma y la presencia de eventos como Cultura Libre del Sur, me he decido por formular aquí mis dudas. Confío en que este es el espacio donde estas se pueden resolver mejor e, incluso, desde donde se pueden comenzar a generar nuevos nodos de la cartografía a kilómetros de distancia de los existentes. Esta solo puede comenzar a denominarse así cuando está cargadas de plurales.

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